New Brunswick, Canada

Rene Valenzuela (Spanish)

   

Comenzaba a hacer realidad un sueño, pescar en el río Miramichi en New Brunswick, Canadá. Había leído muchos artículos y libros acerca de este histórico sitio. Mi amigo Jim Repine lo pescó en muchas ocasiones y sólo tenía elogios para este lugar y su respetada tradición. El origen de su nombre se encuentra en los indios Micmac, que sentían al río sagrado, lleno de espíritus, un lugar con mucho poder. Nacer en las tierras del Miramichi, es estar absolutamente bendecido y la verdad que después de estar ahí, es difícil pensar lo contrario.

 

Por: René Valenzuela

Fotografía: Pamela Isla

 

Este río es conocido como la madre de todos los ríos, ya que alberga las más grandes corridas de salmones del atlántico en el mundo.    

 

 

 

Viajaba con Pamela, mi mujer, desde la hermosa costa de la Península de Gaspé en Québec, para llegar a la pequeña ciudad de Doaktown en New Brunswick. Este es un pequeño pueblo que se ha sustentado principalmente por el desarrollo, a lo largo de más de cien años, de la pesca con mosca. Este pueblo me recuerda a muchos lugares de Chile, por su estrecho contacto con la naturaleza, por lo remoto y lo desconectado de las grandes ciudades. 

 

Visitamos el museo de salmones del atlántico de Doaktown. Este abrió sus puertas en el año 1.983 y se convirtió en una importante atracción turística para aquellos amantes de los salmones. El objetivo del museo es interpretar el impacto que ha tenido el salmón del atlántico para esta región, tanto en su pasado, presente como futuro. Sorprendidos lo recorrimos, consistía en dos pisos llenos de historias de este río y sus pescadores. Estuvimos más de dos horas en su interior y con gran amabilidad nos explicaron acerca del desarrollo de los salmones, del trabajo que realizan junto a la federación de salmones del atlántico, en la enseñanza de los niños para aprender a pescar con mosca y proteger los peces. El museo posee una gran colección de carretes clásicos y cañas de bamboo. En sus murallas colgaban fotografías de muchos personajes, entre ellos Lee Wulff y Ted Williams, quienes habían pescado toda una vida en sus aguas. En fin, era realmente un honor pescar en un río, considerado por muchos como el mejor del mundo, para la pesca de salmones del atlántico. 

 

  

 

No podíamos dejar de visitar la tienda de pesca de Jerry Doaks, es parte fundamental de pescar el Miramichi. Conversamos largo rato con Jerry y compramos algunas moscas que esperábamos nos dieran suerte en nuestra próxima aventura. Le pedía recomendaciones, y graciosamente bromeaba diciendo “la verdad es que yo preferiría que escogieras varias moscas, ya que en este sector somos conocidos por no dar a conocer nuestros secretos”.  

 

No me quedó otra, que escoger una importante cantidad de moscas y completar así toda nuestra parafernalia que acarreamos para pescar. Camino al lodge, encontramos un largo puente colgante que atraviesa el ancho del Miramichi. Desde el medio de éste, podíamos observar en toda su dimensión este místico sitio. 

 

 

 

El río Miramichi se compone de su parte Noroeste, Suroeste y el pequeño Suroeste, además de varios ríos tributarios como el Renous, Dungarvon y el Cains. 

 

En el trayecto encontramos una serie de puentes cubiertos, como los de la película, “Los Puentes de Madison”. Decidimos hacer un recorrido de varios de ellos para fotografiar esta parte de la historia, pero sería en el camino de vuelta a Montreal. Ahora era momento de pescar.         

 

Nos recibía en su lodge el Señor Keith Wilson, dueño de Wilsons Sporting Camps. Pescar en este lodge, no sólo se trataba de ir a pescar salmones del atlántico, sino que además revivir la tradición de muchos que han pescado en sus 16 posones a lo largo de 8 kilómetros de aguas privadas, desde el año 1928.  

 

 

El Miramichi nos recibe con un atardecer sorprendente, donde podíamos ver a lo lejos, un grupo de pescadores clientes del lodge. Wilson Sporting Camps, está situado en la parte suroeste del río, frente a uno de los posones más conocidos, el Big Murphy. Al entrar al lodge, te das cuenta inmediatamente lo que se ha vivido en este lugar. Destaca una antigua vitrina de libros, carretes y cañas usadas hace cien años. Keith Wilson, quién es cuarta generación dueño de éste, nos recibe con gran amabilidad y nos comenta que muchos de los pescadores que visitan su lodge, son segundas generaciones, siguiendo las huellas de sus cercanos que pescaron por años en estas aguas.   

 

Para muchos, pescar este río, es un rito anual, que no dejan de realizar. Para Keith, es un compartir solitario con la naturaleza y a su vez con viejos amigos. No sólo se trata de pescar al vigoroso salmón, sino que vivir este deporte con pasión, conociendo cada rincón de su cauce, cómo éste va cambiando a medida que pasan los años, sentir la belleza del agua y por supuesto vivir la alegría de tener un salmón al final de la línea. Keith nos invita a comer por la noche con unos invitados muy especiales que estarían estos dos días de pesca junto a nosotros. 

 

La familia Wilson, está en estas tierras hace ya 200 años y ha estado en el negocio de la pesca por cerca de 150, los últimos 75 años con las instalaciones de un lodge. Gracias al término hace 26 años de la pesca comercial en el río, éste pudo recuperar el milagro de antaño y hoy en día se encuentra en un excelente momento.  

 

 

Fuimos gratamente sorprendidos ya que al llegar a la cena, el grupo que pescaría junto a nosotros, era nada menos que el staff de la Federación de Salmones del Atlántico (ASF), presidida por Bill Taylor, quienes han hecho grandes esfuerzos por la sobre vivencia de salmones del atlántico en Estados Unidos y Canadá. Fue muy grato compartir la mesa con estas personas, quiénes comentaban sin tapujos sus experiencias en la pesca de salmones en el Miramichi, como en otros importantes ríos del mundo. 

 

La cena estaba deliciosa, comida hecha en casa, de recetas traspasadas por varias generaciones en la familia Wilson. Pamela y yo, nunca olvidaremos esa sopa de ostiones, ensaladas totalmente adornadas, salmón con salsa holandesa, en fin una cena inolvidable.  

 

Antes de comenzar la pesca, Keith Wilson da una breve charla de qué posones pescará cada uno y con cuál guía. Tuve el privilegio de ir a pescar con el mismo Keith. Tomamos su camioneta y recorrimos cuatro kilómetros río arriba, para llegar al posón Donnell, que es un sector del río no tan ancho, como lo es en su mayor parte. 

 

Bajamos nuestro equipo y mientras armaba mi caña, Keith saca de su caja de moscas una green machine. Esta sería la mosca elegida para comenzar el día. Casteaba sobre una corriente, y dejaba que la mosca derivara. No era tan importante un lanzamiento muy largo. Lanzaba dos veces, dejaba que derivara y avanzaba dos pasos para volver a lanzar, de esta forma recorría eficientemente el posón. Una vez terminado éste, lo volvía a iniciar, pero ahora usando otra mosca. Casteaba rodeado de árboles de colores intensos, anaranjados, rojizos y amarillos, escuchando el sonido del agua  que realmente calmaba mi espíritu.  

 

 

Esa mañana no hubo suerte y volvíamos al lodge a almorzar. Como de costumbre un almuerzo sobresaliente y junto a Bill Taylor, presidente de la federación de salmones del Atlántico, comentábamos acerca de nuestro primer día. Él había estado pescando en todo el mundo donde hubiera salmo salar, Rusia, Islandia, Noruega, Inglaterra, Estados Unidos y Canadá. Conversamos acerca de los salmones y la compleja sobre vivencia que han tenido, producto de la polución, lluvia ácida y principalmente la pesca comercial.   

 

Por la tarde, tomamos una canoa y nos fuimos moviendo de posón en posón. Iniciamos la pesca en el posón Big Murphy, frente al lodge. Recorrimos varios posones, pero no tuve suerte. A lo lejos, divisamos un pescador luchando con un salmón. Era un hermoso espectáculo ver los saltos vigorosos de éste, en un ancho río con un escenario de colores inolvidables. Pero, aún no había sido bendito con un salar al final de mi línea. Los salmones del atlántico, son definitivamente impredecibles, son una fuente de constante sorpresa, como el río en si mismo. No sólo cambia de día en día, sino de momento en momento. 

 

 

Mientras observábamos el atardecer decidimos volver para descansar y juntarnos para la cena. Pamela había logrado captar hermosas fotografías y estaba grabando toda nuestra experiencia. Durante la cena, Bill Taylor me invita a pescar junto a él en la mañana siguiente y así aprovecharíamos de conversar un poco más acerca de su misión con la federación. No podía creer la experiencia que estaba viviendo.  

 

 

 

Tomamos la canoa más grande del lodge y subimos varios kilómetros en ella, junto al guía, un fotógrafo que llevaba Bill Taylor, Pamela y yo. El guía me ubica en un sector del río y en la orilla opuesta ubica a Bill Taylor. Casteaba y casteaba mi caña, mientras observaba a Bill, situarse en el medio del río con mucha confianza, sin duda que conocía el Miramichi como la palma de su mano. Yo por mi parte, con cierto grado de precaución trataba de imitar su confianza. Estaba pescando con uno de los hombres más influyentes en la pesca con mosca de Canadá y Estados Unidos. Debía demostrar confianza y mi experiencia en la pesca de truchas de nuestro querido Chile. Necesitaba un poco de suerte. ¿Cómo saben, si lograba sacar el salmón del día?. Al cabo, de unos pocos minutos, Bill Taylor tenía un pez. En fin, la pesca no es sólo suerte pensaba, la experiencia daba frutos. No podía divisar bien que era, pero sin duda que le estaba dando una gran lucha. Al cabo de unos minutos, logra fotografiarlo. A mi sorpresa era una hermosa brook trout. El guía usaba una gran red que hacía recordar la historia en la pesca de salmones. 

 

La verdad es que probé de todas formas, casteaba lo mejor posible, estaba muy concentrado, pero no lograba entusiasmar al esquivo salmón. Después de una hora, Bill vuelve a pescar, pero esta vez, era un grilse, un salmón que ha ido al océano sólo una vez, un pez que aún no ha alcanzado su total madurez, al menos para los ojos del pescador, un salmón con ropa de adolescente. Sin duda, que podríamos decir que es como una trucha de dos a tres kilos.  

 

 

Por la tarde, tenía la última posibilidad de pescar un salmón en el Miramichi, al día siguiente volvíamos a Montreal. Bill Taylor, junto a otros pescadores irían a pescar a un tributario del Miramichi, el Cains. Quedaba prácticamente con el río a mi disposición. Comenzamos nuestra travesía en canoa, al menos cinco kilómetros río arriba. Las canoas con motor, sólo se usaban para transportarse y acceder a los distintos posones. Nos movíamos rápido entre un posón y otro. El día estaba hermoso y yo casteaba y casteaba, haciendo honor al dicho que el salmón del atlántico es el pez de los mil casts. 

 

Al cabo, de unas horas sin tener suerte, decidimos ir río abajo, unos 6 kilómetros de donde nos encontrábamos. En el trayecto cruzamos el puente colgante que habíamos visitado con Pamela el primer día que llegamos a Doaktown. El posón al que íbamos se llamaba Coldwater. Había escuchado que Bill Taylor, tuvo buena pesca el día anterior en él. Mientras casteaba, podía observar una gran cantidad de gansos canadienses que embellecían el cielo. Definitivamente estaba rodeado de un escenario inspirador, en un río espectacular. El posón Coldwater, está ubicado justo después que confluye el Miramichi con un arroyo de aguas más frías y además generalmente está más sombrío por las mañanas, según comentaba el guía. Esto permitía que este posón, se mantuviera unos grados más frío que otros sectores del río. Justo arriba de este, el río es más ancho, no corre muy rápido y está más bien bajo, permitiendo oxigenación. Lograba observar salmones que asomaban su lomo. Este es un de los posones más conocidos de Wilsons Camp.  

 

 

Cuando comenzaba a atardecer, el cielo se llenaba de colores rojizos que reflectaban en el hermoso Miramichi, finalmente un salmón del atlántico decide tomar mi mosca, para bendecir el esfuerzo y la paciencia. Su picada fue muy fuerte, levantó mi espíritu de un salto, mi caña se doblaba con exageración y este salmón daba continuos saltos en el agua. Estaba viviendo un momento muy especial, con cada salto que éste daba, mi corazón parecía detenerse por unos segundos. El guía, quién me observaba desde la orilla, toma su red, cruza el río, se me acerca y dice, “finalmente el Miramichi bendice al perseverante pescador”, y de verdad que tenía razón. Esto sin duda, me hizo valorar este salmón como un gran premio. Dio una gran batalla, pese a que no era tan grande, pero en ese momento para mi era como de 15 kilos. Este salmón no era sólo un salmón, era un salmón del Miramichi pensaba, destinado a volver a este río y sólo a este río. Había comenzado su vida como un alevín, pasando por la etapa de parr y smolt. Bajó el río, para ir al frío Océano Atlántico hasta llegar a la costa de Groenlandia a alimentarse y vuelto a su origen para reproducirse, quizás incluso esto lo había realizado en más de una oportunidad. 

 

 

Espero realizar algo similar a los salmones del Miramichi. Debo algún día volver a este río, quizás junto a un hijo, a revivir este sueño hecho realidad. Este viaje de pesca en el Miramichi había terminado, pero se que no olvidaré fácilmente este especial atardecer. Lograba entender lo platónico de la pesca de salmones del atlántico en un lodge impregnado de tradición, junto a grandes nuevos amigos.